Sixtorias

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Las Historias de Sixto

Con frecuencia semanal voy a colgar pasajes históricos debidamente documentados, que mezclaré con algún cuento o leyenda. La Historia de El Puente del Arzobispo o alguno de sus vecinos será el nexo de unión.

EL ÚLTIMO CHOZO

MIS PUBLICACIONESPosted by SIXTO DE LA LLAVE CASILLAS 20 Nov, 2016 22:45:08

(Segunda quincena de noviembre del año 1470)

El vago murmullo de cencerros y esquilas, fue tomando fuerza, convierténdose ahora en un ruido de fondo continuo, unido al balido de las más de mil quinientas cabezas entre ovejas y carneros, que empezaban a cruzar el cerro Vaciatrojes por la cañada Leonesa Oriental, dejando a su lado derecho la villa de Alcolea, en dirección a las tierras de Extremadura, donde pasarían el invierno pastando en sus innumerables dehesas y pastizales.

El Alcalde Mayor, nombrado por el Honrado Concejo de la Mesta, subió a la torre más cercana de las dos que coronaban el flamante puente de piedra que el Arzobispo Pedro Tenorio, mandara construir un siglo atrás. Desde ese privilegiado mirador se deleitó con el espectáculo del avance lento pero inexorable del inmenso rebaño que iba inundando el paisaje. Miró al sol, ya cercano al horizonte salpicado de olivares y encinas. En dos horas se haría de noche y el rebaño tendría que estar ya cercado por las redes que cargaban las dos mulas y los tres burros zamoranos que precedían al ganado.

El mayoral, junto con uno de los pastores y Mateo el zagal, que era quien se encargaba de las caballerías, extendieron las largas redes en el descansadero que había antes de llegar a las primeras casas de este recién nacido pueblo que tomaba el nombre del formidable puente de piedra. Clavaron estacas de madera, a las cuales sujetaron las redes, otras se ataban directamente a los álamos de la alameda que bordeaba el arroyo hasta el río. El ganado fue entrando al redil pausadamente, cuando todos estuvieron dentro, el pastor cerró el recinto de red, mientras el mayoral inspeccionaba con una rápida mirada al ganado.

Entre todos descargaron las caballerías que una vez libres de su carga se revolcaban en el fino polvo que las miles de pezuñas habían triturado a su paso. El mayoral, tras dar unas breves instrucciones a los pastores, se dirigió al puente para solicitar el paso del ganado al día siguiente, tenía que ponerse en contacto con las personas encargadas de contar el ganado y cobrar según fueran: borros, moruecos, ovejas o carneros. Mientras tanto, los pastores y Mateo el zagal, acomodaron un lugar bajo los álamos y con unas mantas de lana y las de las caballerías hicieron un rústico habitáculo donde poder guarecerse del frío que ya en esas fechas era habitual por las noches. Sabían que se habían retrasado, este año sería el último rebaño en pasar el puente, y como ya venía siendo tradición, los chozos de ramas que iban acondicionando los pastores que hacían noche allí, esperando “pasar”, arderían esa noche para dar con su calor un último servicio a estos hombres trashumantes que tenían como casa las cañadas, cordeles, descansaderos, abrevaderos, pastizales y agostaderos.

El pastor más viejo, con un preciso giro de muñeca hizo que el pedernal chispeara prendiendo el pasto seco que recubría la estructura de ramas del chozo, que había servido de cobijo a todos los que ese año, como él, conducían ganado hacia el sur, alejándose de las sierras altas para evitar las duras nevadas del invierno. La oscuridad de la noche, ya total, se vio rota por el resplandor de las llamas que rápidamente envolvieron el chozo, mordiendo su leñoso cuerpo hasta, tras un breve balanceo, hacerle desplomarse formando una inmensa hoguera. El resplandor no pasó inadvertido a las gentes del pujante pueblo, avisados por los niños que a pesar del frío jugaban en las calles, gritando ¡Están quemando los chozos, los pastores están quemando los chozos!

Poco a poco fueron llegando algunos vecinos, conocidos de los pastores de años anteriores, algunos iban a pedir brasas para llenar los braseros, otros iban solo a hablar con los pastores, algunos simplemente a disfrutar del calor de la lumbre y los que más a buscar noticias y novedades de otras tierras que estos hombres iban esparciendo a su paso. Los niños, iban buscando al zagal, que como en los dos años anteriores que llevaba pasando por allí, se había molestado cuando cruzaron la Sierra de Gredos en llenar unas alforjas de castañas, fruto apenas conocido en aquel pueblo y que los niños asaban, junto con bellotas dulces en las brasas que quedarían cuando se agotara esa lumbre. La tertulia se empezó a animar cuando Mateo sacó las castañas de las alforjas y se puso a repartirlas, Alfonso el porquero trajo una buena talega de bellotas dulces recogidas mientras pastaban los guarros petrenes en la montanera, Baltasar el pescador quiso contribuir con un par de barbos pescados esa misma tarde. Paulino el maestro cantero encargado de la construcción y de la conservación de los molinos del río, quería saber algo de su tierra, pues cántabro de origen vino hacia el sur buscando trabajo en las tierras reconquistadas por los cristianos hasta quedarse en este pueblo ribereño del Tajo. Julio el alfarero trajo un botijo como presente. También se sumó a la reunión Hernando, miembro de la Hermandad Vieja de Talavera que al día siguiente formaría parte de una cuadrilla de seis ballesteros y así dar escolta a ganado y hombres para protegerlos de los continuados asaltos de los malsines, golfines o del mismísimo bandolero Pedro Sánchez Guerrero, del cual se tenían noticias que asaltaba a los caminantes en las cercanías de arrebatacapas. El mayoral cuando regresó acompañado del alguacil que mañana les contaría el rebaño y les daría autorización para pasar por el puente, vio esa reunión variopinta y quiso contribuir al corro dando autorización a los pastores para destazar una oveja, que a pesar de los cinco mastines que custodiaban el rebaño, había sido mordida por los lobos en los sotos del guadyerbas. También se acercó Ismael el judío, según los otros vecinos “al olor del dinero” según él a ofrecer sus servicios y dinero al mayoral a cambio de unos intereses razonables.

Apenas quedaban brasas, que se iban extinguiendo convirtiéndose en cenizas, en breve amanecería, el mayoral se levantó y tras mirar los bultos que arropados a gruesas mantas rodeaban la extinta hoguera, dio una voz y mientras el improvisado campamento cobraba actividad pensó que se sentía orgulloso, de él, de sus pastores, del zagal, de sus perros, del ganado a su cargo, y sobre todo se sintió agradecido con aquel pueblo que les acogía con entusiasmo cada vez que pasaban aquel majestuoso puente de piedra. Miró hacia las casas que se agrupaban hacia el río, y tapándose la cara para disimular una lágrima pensó: Hasta la vuelta, hasta San Juan.

Sixto de la Llave Casillas

NOTA.- aunque los personajes son ficticios, el entorno social, los cargos y oficios tanto públicos como privados, el nombre del bandolero, así como los topónimos son reales.

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